Pensaba lo siguiente: Vivimos cotidianamente tantas instancias de opresión, que el sólo hecho de pensar en confiar en la buena voluntad del prójimo y de su criterio al accionar nos atemoriza. La inercia, la costumbre de una vida repleta de opresiones en el plano laboral, de estudio, de militancia política nos produce una especie de "comodidad en la esclavitud". Es más cómodo ser esclavo que ser libre. El esclavo simplemente obedece órdenes, tiene pautas claras que seguir (ej: no copiar mails, no liberar la información, etc.). En cambio, el hombre y la mujer libres tienen un futuro incierto en sus manos: están abiertos al mundo de las posibilidades, de las probabilidades, de lo que podrá ocurrir si alguien más toma sus ideas y las utiliza, de lo que podría ocurrir si alguien las rebatiera, las mejorara, etc. Así, el miedo a perder la potestad sobre la "verdad" genera la necesidad de licencias privativas. De algún modo tendemos a necesitar esquemas regulatorios opresivos: solemos necesitar de alguien que proponga cómo deberemos comportarnos y obedecer (sino, parecemos divagar en un camino incierto que nos produce ansiedad, cosa que no toleramos a nivel sentimental-psíquico): ya sea formar fila en un colegio primario, atender a lo que nuestro jefe nos dice en el trabajo, saludar a la bandera, persignarnos frente a la iglesia, respetar todas las reglas y costumbres impuestas por otros sectores sociales, mantener el secreto en una lista de mail secreta y privativa... todas estas costumbres producidas por reglas más o menos claras nos dan la sensación, al menos por un rato, de que el mundo está ordenado y es previsible, de que pisamos sobre tierra firme y conocida: la tierra de los malestares cotidianos que, si bien nos hacen menos felices, nos da la seguridad de poseer un camino, malo, pero un camino cierto y concreto al fin. Así, por ejemplo, ponerle una licencia libre a los mails como la GNU FDL será combatido porque nuestras palabras tendrán la libertad de ser copiadas, modificadas, mejoradas, utilizadas con cualquier fin, tal como es el espíritu del software libre, y eso nos generará incertidumbre: "¿qué pasará con lo que yo escribo?" Entonces preferimos la certeza de saber que lo que escribimos no será libre, no será utilizado con cualquier fin, ni modificado, ni copiado, etc. Se da un proceso totalmente contradictorio. Es el miedo generado por el odio y la violencia lo que genera miedo en los demás. Se busca frenar la violencia con más violencia, y para eso se utiliza el miedo. En el miedo nos sentimos más cómodos a veces que en la libertad, el miedo es un encierro, tiene reglas claras: si le tenés fobia a los perros y un perro viene por tu vereda, simplemente te cruzás a la de enfrente o lo agredís para que se vaya: es fácil de resolver, te mantiene a salvo. Pero quizá el perro venía a saludarte. A vos no te importó, era más cómodo cruzar a la vereda de enfrente o amedrentarlo para que se fuera. El miedo genera violencia. Las reglas represivas son producto del miedo a la libertad, más cuando se votan sin debate alguno, o cuando el debate dado se tira a la basura y se da marcha atrás con una propuesta de discusión porque no se toleran las diferencias. -- Marcos Guglielmetti