[Solar-general] No hay muchas causas políticas que se defiendan robando

Pablo Manuel Rizzo info en pablorizzo.com
Dom Ago 14 04:01:33 CEST 2011


No hay muchas causas políticas que se defiendan robando un televisor
de plasma. O unas zapatillas deportivas. Una de las mejores frases que
definen los disturbios de Londres es la que dio a gritos una mujer en
Hackney cuando increpaba a los asaltantes. “No estamos aquí reunidos
para luchar por una causa. Estamos aquí para ir a por un Foot Locker”
(tienda de artículos deportivos).

Por no hablar del detalle revelador de la calle llena de tiendas
asaltadas en la que sólo un comercio quedó a salvo de los robos: la
cadena de librerías Waterstone. ¿Quién va a robar un libro cuando
puede llevarse unas Nike? ¿Un delincuente ilustrado?

¿No hay nada político en lo que ha ocurrido en el Reino Unido? Muy al
contrario. Sólo hay que escuchar a los que dicen que no hay ninguna
razón política que justifique lo sucedido. En realidad, todo es
política. El debate tiene que ver con los recursos que la policía
tiene a su disposición, los derechos civiles de los detenidos y de sus
víctimas, la marginación social de varias zonas de la periferia de las
grandes ciudades, la hostilidad racial entre negros y musulmanes en
Birmingham, la libertad de expresión en las redes sociales, las penas
que puede imponer la justicia, el impacto político en el Gobierno…

Todo es política.

Tras la suprema manifestación de incompetencia policial en los tres
primeros días de la crisis y el absentismo vacacional de los
responsables del Gobierno, tocaba el contraataque. El dramático
impacto de las imágenes justificaba cualquier retórica. Al Gobierno le
habían pillado de vacaciones en Italia (Cameron), España (Clegg) y
EEUU (Osborne). No era necesario que Cameron interrumpiera su descanso
en una mansión de la Toscana (precio compartido con otras dos
familias: 9.700 libras a la semana), decía Downing Street. Horas
después, anunciaba que Cameron volvía a Londres.

En el Parlamento, el primer ministro enarboló la bandera de la mano
dura. Era hasta cierto punto lógico e inevitable. Es lo que exigían
unos ciudadanos escandalizados. El problema es que la retórica
alcanzaba níveles ridículos, como cuando dijo: “No permitiremos que la
cultura del miedo exista en nuestras calles”.

¿De qué país estaba hablando? No he estado mucho en Tottenham, el
barrio del norte de Londres donde comenzaron los disturbios, pero las
dos o tres veces que he pasado por allí he visto un paisaje urbano que
es el que asociamos con las zonas peligrosas de algunas ciudades
norteamericanas. El miedo allí es múltiple y constante. A las bandas
juveniles. A lo que ocurre con adolescentes criados por la calle y no
por sus padres, porque entre otras cosas quizá sólo tengan en su casa
a una madre soltera. A la policía, menos, porque sólo se presenta allí
en grupo. No hay muchos policías paseando por las calles y en contacto
con la comunidad.

Es también un lugar en el que familias de clase media baja y baja
pelean por salir adelante con muy poco futuro. Sus calles sólo
aparecen en los medios de comunicación para hablar de pobreza y
delincuencia. Si algo bueno pasa allí, nadie se entera fuera de esas
comunidades. No supone ninguna ventaja para ellos vivir en Londres.
Los servicios locales de los que disponen dependen de los ingresos
fiscales del consejo local a años luz de los de otras zonas de la
capital. No están en un barrio diferente. Están en un país diferente.

Hay muchas cámaras de videovigilancia, como en el resto de la ciudad,
pero dan una falsa sensación de seguridad, o ninguna. Los delincuentes
ya saben dónde están. En el caso de muchas de ellas, nadie revisa las
grabaciones. De hecho, hay tantas cámaras que su número es un factor
negativo. Falla el mantenimiento, no se sustituyen las rotas y no hay
policías suficientes para comprobar lo que han filmado.

A veces, encuentras un cartel que advierte que no es conveniente
mostrar en público un teléfono móvil. Te hacen creer que lo más normal
es que te lo roben. Pero ese cartel es más habitual en Hackney porque
allí sí que es más fácil que se presenten personas de las zonas
‘respetables’ de la ciudad. Te dicen: cuidado, ya no estás en la zona
de Londres que conoces.

A eso se une los problemas sociales habituales en zonas marginadas.
Desempleo, salarios ínfimos en el sector servicios, nivel educativo de
los jóvenes extremadamente bajo, una cultura de la dependencia de
subsidios sociales, escasas iniciativas para dar a los jóvenes algo en
qué ocupar su tiempo libre (porque no tienen dinero para costeárselo)…

Eso sí, Cameron dijo que no tolerarán una cultura del miedo… que es lo
único que conocen en estos lugares, tanto por la delincuencia como por
el inexistente futuro económico. Pregunta a un habitante de Londres
qué es lo que piensa cuando ve venir a un grupo de jóvenes con las
capuchas puestas de las sudaderas.

Un detalle que no sé si ha aparecido mucho. Los asaltos han sido
inexistentes en Escocia y creo que no muy graves en Gales. Se trata de
un mal inglés, una enfermedad con un alcance determinado.

El Gobierno acusó a la policía por los errores cometidos, en parte con
razón, pero esa es una batalla que no puede ganar. Los votantes
siempre van a apoyar más a la policía que al Gobierno. La táctica
ganadora es la de prometervenganza, legal eso sí. Hay gente que va a
ir a prisión durante medio año por robar productos de valor muy
escaso. Se lo han ganado a pulso, pero lo ridículo será que habrá
muchos que se quejen de sentencias muy blandas. Con la misma lógica
con que una muchedumbre se salta la ley y desvalija una tienda sólo
porque puede hacerlo, ahora pedirán penas exageradas sólo porque una
vez que están detenidos los ladrones quedan a merced de un juez.

En el Reino Unido, las penas de unos meses se cumplen en prisión, a
diferencia de España, aunque el condenado no tenga antecedentes. Es
una de las razones por las que ahora se ha alcanzado la cifra récord
de 85.324 presos, con poco más de 2.000 plazas libres. El Ministerio
de Justicia tenía un plan para aumentar el número de penas accesorias
que no obligaran a ingresar en la cárcel, pero la reacción de los
tabloides y de algunos sectores del Partido Conservador obligó a
enterrar la idea. Qué más da. No hay problema que no se pueda
solucionar metiendo a la gente en prisión.

Peter Oborne, columnista del Daily Telegraph, vuelve a acertar al
denunciar que esa supuesta pérdida de valores, muy real en algunas
comunidades, que ahora se denuncia apuntando a las clases bajas, no es
tan diferente a las que se ha podido apreciar en otros sectores que
muy raramente encajan todo el peso de la ley. Para empezar, los
propios políticos con su escándalo de los gastos de los
parlamentarios. O los empresarios que derivan sus negocios al
extranjero para no tener que pagar impuestos, lo que no ha impedido en
el pasado que recibieran el tratamiento de Sir por sus servicios a la
sociedad o un escaño en la Cámara de los Lores. ¿Quién está en
condiciones (parece decir Oborne) de exigir a los demás que respeten
ciertos valores de convivencia?

La crisis de los bancos salvados con dinero de los contribuyentes sin
que nadie haya ingresado en prisión ni perdido sus pensiones
millonarias. La deplorable intervención en el sur de Irak que acabó
con los soldados atrincherados en sus cuarteles. Las dietas de los
parlamentarios con que subvencionaban su agraciado estilo de vida. Una
economía en completo estancamiento. El mayor periódico del país
convertido en una organización criminal que violaba la
confidencialidad de las comunicaciones privadas de miles de personas
con la complicidad de la policía. Y ahora lo que los periódicos han
llamado “la batalla de Londres”.

Cuando un país sólo puede ya negociar su decadencia no hay estructura
política, social o económica que no presente síntomas de
derrumbamiento. Me da que eso no se soluciona aumentando la población
penitenciaria.


http://www.guerraeterna.com/archives/2011/08/reino_unido_el.html


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Pablo Manuel Rizzo
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