[Solar-general] Matrimonio entre gente rara. Buen Argumento para que no prospere la Ley del Matrimonio Gay

Pablo Manuel Rizzo info en pablorizzo.com
Jue Jul 8 15:50:34 CEST 2010


Injerencia de la Iglesia Católica en decisiones legislativas sobre el
matrimonio civil “¿A qué llama ‘familia’ la Iglesia?†A partir de la
cuestión del matrimonio entre personas del mismo sexo, el autor advierte
sobre la intervención de la Iglesia Católica: “Que una forma histórica sea
presentada como natural exige uniformar, homogeneizar, y ésta es una razón
por la cual las jerarquías eclesiásticas se adaptaron mejor al orden de las
dictaduras que al desorden democráticoâ€.
Por Jorge Jinkis *

 Hay una suposición: que existen expertos, especialistas científicos, de la
psicología, de la biología, de la genética, de la jurisprudencia, que son
llamados a decir sus ocurrencias con los vestidos de la ciencia. Cierta
ingenuidad y también un poco de impostura alientan esta especie de bullicio
democrático que la pobreza y mediocridad teológica que domina en nuestro
medio confunde con un aquelarre.

No voy a apelar a documentos etnográficos ni recordar las múltiples
estructuras de parentesco que existían y que persisten para subrayar el
carácter social e histórico de algunas instituciones de las culturas, entre
ellas el llamado matrimonio. Esta idea romana que adquirió un estatuto
jurídico en nuestro Occidente, facilitaba que una mujer pasara de la tutela,
protección o servidumbre respecto de su padre a la obediencia a un marido
que garantizaba el carácter “legítimo†de sus hijos. Hay todavía huellas de
este modo de dominación, pero también es cierto que existen muchas otras
formas de convivencia social, también familiares, que no se reducen al
matrimonio y están hoy reconocidas por el derecho.

No es imprescindible el matrimonio para “conyugarseâ€, para establecer un
“enlace†o para “contraerloâ€, como ocurre a veces con un resfrío. Hay
innumerables palabras que hablan de aquellas huellas a las que hemos
aludido. Por lo demás, el “matrimonio entre personas del mismo sexo†es una
denominación poco feliz. En primer lugar porque suele ocurrir que cada una
de las personas tiene el suyo y obligarlas a compartir “el mismo†me parece
una extralimitación abusiva. Se agrega a ello que cualquier ojeada histórica
sobre el matrimonio entre personas –como se decía hasta hace poco– de “sexo
opuesto†deja ver que se trata de uno de los escenarios preferidos de la
famosa disputa o guerra entre los sexos, gente extraña que muchas veces se
encapricha, precisamente, en compartir el mismo sexo.

Es fácil advertir que no soy un fanático del matrimonio, del matrimonio a
secas, aunque esa falta de humedad atenta contra institución tan respetable.
Y como en nuestro país existe un casamiento civil, tampoco me parece
conveniente instalar alguna instancia jurídica que supervise la fe, la buena
fe como condición de un casamiento religioso, cualquiera sea la religión.
Eso se conoce con el nombre de separación del Estado y la Iglesia.

La cuestión que se discute puede pasar desapercibida entre tanto ruido. No
se trata de saber si hay formas psicopatológicas de la sexualidad, como de
la injerencia de las autoridades de la Iglesia Católica argentina, que
pretende legislar sobre nuestros amores y goces sexuales. Tiene todo el
derecho a sostener su posición sobre esos asuntos y tratar de incidir sobre
su grey; ningún derecho sobre esa pretensión.

Es difícil hablar de esto sin historiar las complejísimas relaciones que
existieron entre la Iglesia y los gobiernos de Perón, en algún momento
idílicas, en otros ásperas y hasta incandescentes. No hay lugar aquí para
recordar esos antecedentes. Pero hay que decir que en aquellos tiempos la
Iglesia acentuó su milenaria tendencia (que se remonta a los años 300) a
recostarse en el Estado, en el poder secular, perdiendo confianza en su
influencia espiritual para alcanzar sus fines. También es cierto que en
nuestro país esto lleva el sello de estilo de la Iglesia española, que
colocó la tarea de evangelización bajo el paraguas de lo que era el imperio
nacional.

En febrero de 1929, Mussolini, por Italia, y el cardenal Gasbarri, en
representación de Pío XI, firmaron un tratado político y un acuerdo
económico por el cual quedó establecido el Estado soberano de la Ciudad del
Vaticano. Más pequeño que la República de San Marino, pero con más
predicamento, fue reconocido por la legislación internacional y mantiene
relaciones diplomáticas con otras naciones. El jefe de ese Estado es el Sumo
Pontífice, quien reúne en su persona funciones ejecutivas, legislativas y
judiciales. Algo más efectivo que un mero DNU, lo que ahorra varios
inconvenientes. Para ocupar ese cargo no se requiere haber nacido en ningún
lugar específico: todos los cardenales que tienen residencia en el Vaticano
tienen nacionalidad vaticana sin perder la de origen. Por dar un ejemplo, si
Francisco de Narváez tuviera la vocación y aptitud adecuada, no encontraría
en su nacionalidad un obstáculo para su candidatura. Se trata de un Estado
propiamente dicho, que acuña su moneda, que dispone de sus servicios
económicos, sanitarios, educativos, y como se le reconoce una misión
espiritual, sus dignatarios intervienen en la política de otros Estados sin
las trabas que encuentran o la prudencia que se espera de los diplomáticos
de otros países. Gozan de una inmunidad ecuménica de límites insondables,
como fue el caso, por dar otro ejemplo, del obispo castrense monseñor
Baseotto, quien proponía medidas apocalípticas para proteger la salud
pública.

Hace ya siete años circula en lengua italiana un Lexicón de la Iglesia
Católica, que define a la homosexualidad como un “problema psíquicoâ€,
“contrario al vínculo socialâ€. Fidelísima con la doctrina de Estado de la
Santa Sede, la Conferencia Episcopal Argentina emitió en abril de este año
un documento que declara: “La unión de personas del mismo sexo carece de los
elementos biológicos y antropológicos propios del matrimonio y de la
familiaâ€.

Es difícil (pero ocurre) que un psicoanalista se haga el sordo a estas
afirmaciones presentadas como consideraciones espirituales sobre
instituciones sociales e históricas. Cuando los psicoanalistas escuchamos a
sacerdotes homosexuales, no nos encontramos con una circunstancia clínica
que no sea política. Resulta que llegan a la consulta por su condición de
sacerdotes y no por su homosexualidad, convencidos de que la Iglesia no
tiene la menor idea de cuáles son “los elementos biológicos y antropológicos
propios de la familiaâ€. Es cierto, como dice Juan B. Ritvo (Página/12, 3 de
junio de 2010), que el inconsciente se presta poco a las discusiones
parlamentarias, “a lo mejor porque conmueve las bases mismas de la sociedad
civil en el particular ligamen del erotismo con la muerteâ€. Estoy de
acuerdo, y ese plano no es ajeno a la política, así como la política no se
reduce a las discusiones parlamentarias. Como el inconsciente, ella entra
cada tanto a los consultorios de los psicoanalistas.

El cardenal Jorge Bergoglio no dejó pasar la oportunidad del Tedeum del
Bicentenario para rechazar el matrimonio entre personas homosexuales durante
su homilía. Y ya antes, el Arzobispado había declarado que: “Dado que el
Poder Ejecutivo de la Ciudad de Buenos Aires es el garante de la legalidad
en la ciudad, el jefe de Gobierno, a través del Ministerio Público, tiene la
obligación de apelar el falloâ€. Esta intervención de un argentino, y que es
legítima para cualquier argentino sea o no jesuita, resultaría inadmisible
para cualquiera que tuviese una investidura concedida por otro Estado,
aunque fuera nativo de estas tierras y tuviera motivos espirituales
análogos.

Pero, ¿a qué cosa llama “familia†la Iglesia? ¿Qué entiende por
“matrimonio� ¿Recordará que Israel fue la Esposa de Dios (antes de que se
prostituyera)? ¿Tiene en cuenta que ella es “Esposa†de Cristo aunque
Jesucristo tiene miles de “Esposasâ€? ¿Por qué llama “hermanos†y “hermanasâ€
a personas que no están unidas por ningún lazo jurídico o de sangre? ¿No hay
en la Iglesia “Padresâ€, “Madresâ€, “Hijosâ€? ¿Tendríamos que pedirles que
concurran a los tribunales terrenales a legitimar esos títulos? Me disculpo,
pero la pregunta me resulta irresistible: ¿no faltan abuelos y nietos? ¿O
todo esto es un modo de hablar sin consecuencias? No lo creo.

Todo es más pobre. La Iglesia acepta más o menos llamar “familia†a la
unidad de consumo burguesa compuesta por mamá y papá casados con hijos
concebidos (no sólo pensados) dentro de un matrimonio consagrado (y extiende
su benevolencia a formas cercanas). El problema es que quiere hacer pasar
esta forma de la familia como la forma “naturalâ€, base de la estructura
social (también natural) y condición de la reproducción de la especie
(aunque la especie se las arreglaba bastante bien antes de la existencia de
la Iglesia).

El problema lo enunciamos al comienzo. Que una forma histórica (de cualquier
institución) sea presentada como natural de la especie humana es plantear
una exigencia de uniformar, de homogeneizar, de universalizar, una especie
de “globalización†avant la lettre. Y para ello, ¿qué mejor recurso que
apelar a una legislación que imponga o prohíba? Es por eso, entre otras
razones –pero ésta es una razón un poco descuidada–, que las jerarquías
eclesiásticas de la Iglesia Católica Argentina se han adaptado mejor al
orden que impusieron los gobiernos dictatoriales en nuestro país que a los
desórdenes democráticos.

Debe ser penoso para los cristianos convencidos que una de sus iglesias crea
que la ley perfecciona al creyente mejor que la gracia.

** Psicoanalista. Director de la revista Conjetural. Autor del libro
Indagaciones, de reciente aparición (ed. Edhasa).*

Link a la nota:
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/psicologia/9-149045-2010-07-08.html



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Pablo Manuel Rizzo
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