Si trasladamos el planteo desde la politica nacional hacia la política
de los distintos grupos de SL, el planteo a continuación coincide con
el planteo de los burócratas de solar-ong, que rechazamos.
no necesariamente
en el 74 no habia vuelta, era tiempo de reflujo
resistieran o no la universidad iba a ser intervenida
peron pacto con la derecha su regreso, volvio para aniquilar la tendencia
la situación del software libre es de avance, no de retroceso
la cuestion es construir organizaciones que puedan apoyar y crecer en ese avance.
en el marco del debate, la libre discusion de ideas y la no censura
la idea ongista de callar a todos para atornillarse a una burocracia y conseguir un carguito no es la politica correcta en este momento.
tampoco se compara a la situacion politica nacional
hoy ahy un gobierno que quiere avanzar hacia posiciones nacionales y populares, el limite se lo impone el resto de la sociedad, el parlamento y los factores de poder
seria comparable al gobierno de campora, aunque alli estaba peron desestabilizando entregado a lopez rega.
solanas y compañia no pueden llamarse izquierdistas, pues defienden a los terratenientes. Son de derecha
en todo caso como carrio progresistas de derecha.
lozano y los demas son participativistas y progresistas, pero procapitalistas.
son el socialismo terrateniente
por otro lado ni cristina ni kirchner son el comunismo.
son un proyecto nacional y popular que apuesta a la conformación de un capital nacional, con todo lo bueno y malo que eso implica, es lo posible
---------- Mensaje reenviado ----------De: Daniel Cecchini
Derechismo, enfermedad infantil de ciertos izquierdismos
Recuerdos sobre las viejas asambleas universitarias setentistas,
cuando con la Infantería apuntando a las cabezas, el paso feroz de la
Historia se imponía a ciertas discusiones algo ridículas. Las
efnseñanzas de aquellas tragicomedias, como para aplicar al escenario
actual.
Por Daniel Cecchini
Cada tanto la escena reaparece, insiste en mi memoria, y recuerdo como
si fuera ayer aquella asamblea urgente y caliente en el Museo de
Ciencias Naturales de La Plata, donde por entonces yo estudiaba
Antropología. Corrían los últimos meses de 1974. Unos días antes, el 8
de octubre, una banda integrada por asesinos de la Concentración
Nacional Universitaria (CNU) y matones de la patota sindical del
gobernador Victorio Calabró había secuestrado y acribillado al
secretario de Supervisión Administrativa de la Universidad, Rodolfo
Achem, y al director central de Planificación, Carlos Alberto Miguel,
dos importantes referentes de la combativa Asociación de Trabajadores
de la Universidad Nacional de La Plata (Atulp), que respondía a la
izquierda peronista. Las facultades eran un hervidero: el rector
estaba a punto de ser renunciado y se venía la intervención del
fascista Pedro Arrighi, decretada por el ministro de Educación de
Isabel, Oscar Ivanissevich.
El día de esa asamblea empezó mal. Habíamos marchado al rectorado,
donde también funcionaba la Facultad de Humanidades. La represión
policial fue feroz: la guardia de infantería apuntaba los
lanzagranadas a la altura de nuestras cabezas y tiraba a herir, a
matar. Recuerdo haber visto a más de un oficial con la 9 milímetros
empuñada. Un compañero de Veterinaria o de Agronomía -Apaolaza era su
apellido, la memoria siempre se hace con fragmentos- recibió una
granada en la frente y cayó fulminado. Durante días se debatió entre
la vida y la muerte en un hospital. Después de una breve resistencia,
se produjo la desbandada y muchos nos refugiamos en el edificio de la
Universidad. Por uno de esos resquicios de legalidad democrática que
quedaban, la bonaerense no pudo entrar. Poco después del mediodía,
gracias a las gestiones de un grupo de diputados provinciales, pudimos
salir sin que nos detuvieran.
Volvimos a las facultades y convocamos a asambleas para decidir qué
hacer. A las tres de la tarde, el aula magna del Museo estaba llena de
estudiantes y docentes. Éramos cientos. Había militantes de casi todas
las agrupaciones: de la JUP, del Movimiento de Orientación Reformista
(MOR, que respondía al PC), del Partido Socialista de los Trabajadores
(PST), de la Ters (de otro de los innumerables trotskismos), del Grupo
Universitario Socialista (GUS), de la Liga Comunista, de la Liga
Comunista Revolucionaria, de los Grupos Revolucionarios de Base (GRB,
la agrupación universitaria de las FAL 22 de agosto, donde yo militaba
y que pronto se integraría en bloque al PRT-ERP), y de muchas otras
cuyas siglas ya no recuerdo. Se notaban dos ausencias: la de Franja
Morada (los radicales no tenían un solo militante en el Museo) y la
del Faudi (del PCR, que empezaba a “defender al gobierno democrático
de Isabel y López Rega contra el golpe ruso o yanqui”). La mayoría,
sin embargo, eran estudiantes no alineados con ninguna agrupación, a
los que llamábamos “independientes”. Indignados por la represión y
dispuestos a movilizarse contra la intervención.
Era imprescindible tomar decisiones rápidas y delinear un plan de
lucha. Todos coincidíamos en que había que movilizarse y evitar la
intervención. Casi todos pensábamos que había que tomar las facultades
–en nuestro caso el Museo- para garantizar su funcionamiento. Sin
embargo, las horas pasaban, la lista de oradores era enorme y quedamos
empantanados en una discusión que en ese momento nos parecía central y
que hoy (con los resultados del diario del lunes) se me ocurre
bizarra: la JUP, acompañada a desgano por el MOR, proponía “apoyar” (a
secas) al rector y resistir la intervención; el resto de las
agrupaciones –pero con diferencias entre nosotros también – proponía
resistir pero sólo dar “apoyo crítico” al rector. En la discusión
irresuelta sobre la criticidad o no del apoyo se hizo de noche y con
ella se fueron los “independientes”. Quedábamos apenas unos cincuenta,
todavía discutiendo y chicaneándonos, cuando llegó la noticia –por
entonces no había teléfonos móviles, los únicos celulares que
conocíamos eran los de la cana y las noticias corrían a pata o, con
suerte, a bordo de la motocicleta de algún militante– de que Arrighi
había asumido y la intervención era un hecho.
Ahora que lo escribo, la sensación de fracaso que tuve entonces vuelve
con toda su fuerza. Esa noche, mucho más tarde, en la pensión donde él
vivía, el Cristiano –compañero de los GRB y después del PRT- me dijo:
“Hermanito, nos hicimos la paja con la crítica y la historia nos pasó
por encima”. No me acuerdo qué le contesté (pero seguro que fue una
boludez: yo era mucho más esquemático que él).
A la mañana siguiente, cuando llegamos, había varios patrulleros
afuera del Museo. Adentro era peor. Los fachos, disfrazados de no
docentes, controlaban todo. Días después, en uno de sus primeros
discursos como interventor, el fascista Arrighi acusó a los dos
rectores anteriores de haber dirigido “inteligentemente una ingeniosa
penetración marxista” en la Universidad. De un plumazo perdimos lo que
habíamos conseguido en un año y medio de lucha: el ingreso
irrestricto, el comedor universitario y las cursadas nocturnas para
los compañeros que trabajaban. Los mejores docentes tuvieron que irse.
En aquella asamblea, unos y otros –todos, pero sobre todo quienes
militábamos en las agrupaciones de la izquierda marxista– perdimos de
vista lo central: que si queríamos resistir la intervención debíamos
unirnos para defender lo que habíamos logrado, aunque para eso
tuviéramos que apoyar a una gestión con la que teníamos diferencias
pero que, indudablemente, pertenecía al campo popular. No sé si lo
hubiéramos logrado, pero por lo menos no le habríamos hecho el juego a
lo peor de la derecha.
Después se vino la noche.
Identidad y pequeñas diferencias. Casi tres décadas después de aquella
asamblea, en julio de 2004, me invitaron a dar una charla en la
Escuela Freudiana de la Argentina, como parte de las actividades por
el 30º aniversario de su creación por Oscar Massota. Me tocó, junto a
Luis Salinas (el periodista, no el músico), hacer un repaso de treinta
años de política argentina. Al final, apelados por las preguntas,
hablamos también de nuestros orígenes políticos (peronistas, en el
caso de Luis) y de nuestras militancias en los ’70. Fue entonces
cuando una psicoanalista cincuentona, de llameante teñido rojo, nos
espetó con una falsa ingenuidad que resultó devastadora: “Y diganmé,
¿por qué, si todos estaban del mismo lado, no pudieron hacer un frente
común contra la derecha y contra el golpe?”. En honor a Massota y para
provocar a la psicoanalítica audiencia (lo que venía a ser lo mismo),
esquivé la respuesta política y retruqué: “Por la misma razón que
ustedes se dividen en decenas de espacios y escuelas. Por el
narcisismo de las pequeñas diferencias”. Hubo risas -algunas francas,
otras incómodas- y la cosa quedó ahí. Mientras respondía me acordé de
la asamblea.
Volví a recordarla, más de una vez, durante este último año. Sobre
todo al escuchar las declaraciones de algunos dirigentes de reconocida
pertenencia al campo popular -como Pino Solanas, Claudio Lozano o los
legisladores socialistas-, o al ver cómo se alineaban algunas fuerzas
progresistas para votar o dar quórum en el Congreso. Es legítimo y
comprensible que tengan diferencias por izquierda con el Gobierno y
que lo critiquen con dureza. Yo también las tengo. Y no son pocas. Es
el derecho de todos en una sociedad democrática. También es legítimo
que intenten preservar su identidad política de izquierda frente a un
oficialismo que lleva adelante buena parte de sus reclamos históricos.
Lo que no se entiende –o sí, y entonces es peor – es que para correr
por izquierda al Gobierno le abonen el campo a la derecha de los
grupos económicos concentrados, de los monopolios mediáticos y de sus
voceros políticos. Que le pongan palos en la rueda a proyectos y
medidas de gobierno que significan más soberanía, menos (aunque sea
apenas un poco) desigualdad social y mejores condiciones de vida para
millones de argentinos.
No hace falta discutir sobre táctica y estrategia política para darse
cuenta. Tampoco es necesario haber leído Izquierdismo, enfermedad
infantil del comunismo. Aunque les vendría bien. Es, apenas, una
cuestión de honestidad intelectual.