Por Alfredo Leuco (Columna radial 15/11/10)
El sábado, en su glorioso
recital, Jairo contó una vivencia estremecedora de su Cruz del Eje natal. Una
madrugada su hermanita no paraba de temblar mientras se iba poniendo morada. Sus
padres estaban desesperados. No sabían que hacer. Temían que se les muriera y
fueron a golpear la puerta de la casa del médico del pueblo. El doctor Arturo
Illia se puso un sobretodo sobre el pijama, se trepó a su bicicleta y pedaleó
hasta la casa de los González. Apenas vio a la nenita dijo: “Hipotermia”. “No sé
si mi padre entendió lo que esa palabra rara quería decir”, contó Jairo. La
sabiduría del médico ordenó algo muy simple y profundo. Que el padre se sacara
la camisa, el abrigo y que con su torso desnudo abrazara fuertemente a la
chiquita a la que cubrieron con un par de mantas. “¿No le va a dar un remedio,
doctor?”, preguntó ansiosa la madre. Y Arturo Illia le dijo que para esos
temblores no había mejor medicamento que el calor del cuerpo de su
padre.
A la hora la chiquita empezó a recuperar
los colores. Y a las 5 de la mañana, cuando ya estaba totalmente repuesta, don
Arturo se puso otra vez su gastado sobretodo, se subió a la bicicleta y se
perdió en la noche. Jairo dijo que lo contó por primera vez en su vida. Tal vez
esa sabiduría popular, esa actitud solidaria, esa austeridad franciscana lo
marcó para siempre. El teatro se llenó de lágrimas. Los aplausos en la sala
denotaron que gran parte de la gente sabía quien había sido ese médico rural que
llegó a ser presidente de la Nación. Pero afuera me di cuenta que muchos jóvenes
desconocían la dimensión ética de aquél hombre sencillo y patriota. Y les
prometí que hoy, en esta columna les iba a contar algo de lo que fue esa leyenda
republicana.
Llegó a la presidencia en 1963, el mismo
año en que el mundo se conmovía por el asesinato de John Fitzgerald Kennedy y
lloraba la muerte del Papa Bueno, Juan XXIII.
Tal vez
no fue una casualidad. El mismo día que murió Juan XXIII nació Illia como un
presidente bueno. Hoy todos los colocan en el altar de los próceres de la
democracia.
Le doy apenas alguna cifras para tomar
dimensión de lo que fue su gobierno. El Producto Bruto Interno (PBI) en 1964
creció el 10,3% y en 1965 el 9,1%. “Tasas chinas”, diríamos ahora. En los dos
años anteriores, el país no había crecido, había tenido números negativos. Ese
año la desocupación era del 6,1%. Asumió con 23 millones de dólares de reservas
en el Banco Central y cuando se fue había 363. Parece de otro planeta. Pero
quiero ser lo mas riguroso posible con la historia. Argentina tampoco era un
paraíso. El gobierno tenía una gran debilidad de origen. Había asumido aquel 12
de octubre de 1963 solamente con el 25,2% de los votos y en elecciones donde el
peronismo estuvo proscripto.
Le doy un dato mas:
el voto en blanco rozó el 20% y por lo tanto el radicalismo no tuvo mayoría en
el Congreso. Tampoco hay que olvidar el encarnizado plan del lucha que el Lobo
Vandor y el sindicalismo peronista le hizo para debilitarlo sin piedad. Por
supuesto que el gobierno también tenía errores como todos los gobiernos. Pero la
gran verdad es que Illia fue derrocado por sus aciertos y no por sus errores.
Por su historica honradez, por la autonomía frente a los poderosos de adentro y
de afuera. Tuvo el coraje de meter el bisturí en los dos negocios que incluso
hoy mas facturan en el planeta: los medicamentos y el petróleo. Nunca le
perdonaron tanta independencia. Por eso le hicieron la cruz y le apuntaron los
cañones. Por eso digo que a Illia lo voltearon los militares fascistas como
Onganía que defendían los intereses económicos de los monopolios extranjeros. El
lo dijo con toda claridad: a mi me derrocaron las 20 manzanas que rodean a la
casa de gobierno.
Nunca más un presidente en nuestro
país volvió a viajar en subte o a tomar café en los bolichones. Nunca mas un
presidente hizo lo que el hizo con los fondos reservados: no los tocó. Nació en
Pergamino pero se encariñó con Cruz del Eje donde ejerció su vocación de arte de
curar personas con la medicina y de curar sociedades con la política. Allí
conoció a don González el padre de Marito, es decir de Jairo. Atendió a los
humildes y peleó por la libertad y la justicia para
todos.
A Don Arturo Umberto Illia lo vamos a extrañar
por el resto de nuestros días. Porque hacía sin robar. Porque se fue del
gobierno mucho mas pobre de lo que entró y eso que entró pobre. Su modesta casa
y el consultorio fueron donaciones de los vecinos y en los últimos días de su
vida atendía en la panadería de un amigo. Fue la ética sentada en el sillón de
Rivadavia. Yo tenía 11 años cuando los golpistas lo arrancaron de la casa de
gobierno. Mi padre que lo había votado y lo admiraba profundamente se agarró la
cabeza y me dijo:
- Pobre de nosotros los argentinos.
Todavía no sabemos los dramas que nos esperan.
Y mi
viejo tuvo razón. Mucha tragedia le esperaba a este bendito país. Yo tenía 11
años pero todavía recuerdo su cabeza blanca, su frente alta y su conciencia
limpia.