Cuando en 2003 se publicó por primera vez el Código Da Vinci , pocos
imaginaron que el libro se convertiría en una mina de oro. Con más de 80
millones de copias vendidas, la novela de Dan Brown le daba a la industria
editorial un éxito comparable como el de Harry Potter. Argentina no quedó fuera
del boom. Pero aquí, el Código abrió las puertas de un negocio mucho mayor y
desconocido hasta entonces : el de la falsificación.
Hasta que el 5 de noviembre pasado se descubrió el mayor cargamento de libros
falsificados de la historia, el mercado paralelo no pasaba de la viveza de la
imprenta o el distribuidor que se quedaba con alguna caja de ejemplares. Pero en
el último año, la producción de libros truchos se disparó: 2 de cada diez libros
que se venden en el país son falsos.
Como todo lo ilegal, la falsificación busca dinero rápido y fácil.
Va a lo seguro: clásicos para estudiantes, best sellers y libros de
autoayuda, géneros que son también los más robados de las librerías.
Según se desprende de la causa judicial a la que tuvo acceso Clarín ,
el negocio sigue su propia lógica: el libro más copiado en aquel cargamento era
La Hermenéutica del Sujeto, de Michel Foucault. Es un texto dificil, muy
lejano de un éxito comercial, pero sí un libro básico en cualquier carrera de
humanidades. En Argentina, lo edita Fondo de Cultura Económica, cuesta 79 pesos
y no siempre se consigue con facilidad. La versión trucha, de una editorial
española, se puede comprar en Internet a un click y pagando sólo 15 pesos.
El 5 de noviembre, la Unidad Especial de Inteligencia de la Gendarmería
allanó seis lugares diferentes. Contar los 145 mil libros que encontraron en un
depósito de Floresta les demandó todo el día. La investigación, a cargo del juez
federal Rodolfo Canicoba Corral, logró dar con el que, se supone, es uno de los
tres principales falsificadores del país, Alberto Saturno, quien por ahora goza
de los beneficios de un delito excarcelable.
Además de libros, la justicia se topó con el sueño de cualquier investigador:
en los registros contables del falsificador figuran uno por uno sus compradores,
desde pequeñas librerías hasta grandes distribuidores. Allí, Saturno se ocupó
de anotar cuánto pagó cada uno y la lista de envíos y pedidos .
Para montar la estructura que permitió falsificar esa cantidad se necesitó
una inversión de un millón de pesos. Nada, si se los compara con los otros once
millones que semejante cargamento iba a dejar de ganancia.
Un librero de Palermo, con cuarenta años en el mercado editorial y que pidió
no dar su nombre, contó a Clarín que el verdadero nudo del negocio se
distribuye en la Costa Atlántica, en quioscos de diarios y también por
Internet .
No hay diferencias visibles entre una copia y un original. Lo único evidente
es el precio: los truchos se suelen conseguir hasta un 50 por ciento más
barato.
Fue la editorial Planeta la que primero se presentó en la justicia para
exigir que se investigara la falsificación de libros. De inmediato se sumaron
las principales editoriales del país, como Aguilar, Taurus, Urano o
Alfaguara.
Pablo Slonimsqui, abogado de Planeta, le dijo a Clarín : “Estamos muy
contentos con el avance de la investigación porque nos permitió descubrir que se
está falsificando el 20 por ciento de la producción editorial del país. Y la
verdad es que todos los involucrados saben que son libros truchos, ¿cómo
explican que venden un libro 50 por ciento más barato?”. Slonimsqui asegura que
gran parte de lo falsificado se distribuye también en el interior del país, en
especial en Rosario, Córdoba y Mendoza, y que incluso se descubrieron algunos
envíos hacia Chile.
Pero si el negocio del falsificado deja grandes ganancias a unos pocos,
alimenta también al menudeo en puestos callejeros, ferias, librerías
independientes y a los pequeños distribuidores que, con bolso al hombro, venden
en esos lugares.
En la presentación que hizo ante Canicoba, la Cámara Argentina de
Publicaciones fue contundente: La falsificación “está tomando una dimensión
descomunal. La actividad librera está seriamente amenazada ”.
En ese escrito, señalan que el proceso de falsificación “se ha ido mejorando
sensiblemente” y que es muy probable que un lector desprevenido termine
comprando una copia a precio original.