08/06/2006
Cartas sobre la mesa
Con
la desactivación de Pymes en la Red, el sector de las TICs se perdió la
oportunidad de conformar una propuesta integradora que lo acerque
definitivamente al segmento más importante de la economía nacional.
"Los
privados tenemos responsabilidad, pero el Estado también", reflexionaba
un ejecutivo sobre el fracaso de Pymes en la Red. Si como es de esperar
en las próximas semanas cada parte analice su parte de responsabilidad,
una vez finalizado el duelo habrá que ponerse a pensar en generar una
nueva instancia desde la industria que incluya a las Pymes.
Siempre
es odioso recordar las advertencias una vez cometido el error, pero el
lector podrá encontrar reflejadas en el análisis realizado por Bloggers
el mismo día del anuncio, hace un año, las dudas que los propios
participantes manifestaban sobre la iniciativa.
Pocas veces la
industria informática tuvo la oportunidad de participar en forma
conjunta de un proyecto de tamaña envergadura. El programa incluyó al
Gobierno, los Bancos, las Cámaras, a los principales fabricantes y
proveedores del mercado, integradores de todos los tamaños, y proponía
articular mecanismos de financiación para acercarse al sector más
numeroso e influyente de la economía doméstica: Las Pymes.
¿Qué
falló? Pueden enumerarse algunas cuestiones, que seguramente no
terminen de completar la lista de razones para explicarlo: El Estado
nunca terminó de comprometerse. Si como dicen los participantes, su rol
se limitó a articular la conformación del CAI, y luego el Banco Nación
dificultó el otorgamiento de créditos, más que ser un facilitador
resultó ser parte del problema. A propósito, el fracaso de l programa
también abre un signo de interrogación respecto al apoyo oficial para
la promoción del sector y parece estar a años de luz de la
administración que impulsaba las TICs desde los Foros de
Competitividad.
Porque la iniciativa desde su enunciado sonaba
loable. Sin embargo, a la hora de instrumentarse, fabricantes,
proveedores e integradores chocaron con la complejidad de un reglamento
confuso. Unos se quejaban de no tener injerencia para determinar qué
componentes se incluían en los productos "cerrados", que eventualmente
podía contener piezas de marcas ajenas al programa. Otros reclamaban
igualdad de condiciones para participar en los ensambles de productos
abiertos y de incompatibilidades entre componentes que los
perjudicaban.
También fue motivo de polémica el requisito de
pertenecer a la categoría de "fabricantes locales", -que aportaban $
10.000 para participar-, como condición para vender equipos. Esa
situación provocaría que un pequeño integrador estuviera obligado a
comprarle a su competidor más grande, para luego revender. Se dijo que
eso beneficiaba solo a los socios más grandes.
Pero en definitiva,
si durante su año de vida el programa apenas cristalizó un par de
proyectos de los 2.000 planificados para los primeros seis meses,
entonces todas esas cuestiones y las que no están enumeradas fueron
planteos abstractos. ¿ O en realidad esas discusiones escondían otras
razones?. Será cuestión de poner las cartas sobre la mesa.
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FELIX ZOLEZZI