Ponencia presentada en el V Congreso Internacional “Cultura y
Desarrollo” de La Habana
El cine como instrumento de colonización cultural: Disney, el western y
el musical
Carlo Frabetti
Rebelión
Casi desde sus orígenes, el cine se convirtió en el más eficaz vehículo
de la cultura de masas (y por ende en el más poderoso instrumento de
colonización cultural), solo superado, a partir de los años sesenta,
por la televisión. O complementado, más que superado, puesto que la
televisión vino a potenciar de forma extraordinaria, dándoles una nueva
y masiva difusión, los productos cinematográficos y
paracinematográficos (telefilmes, series, etc.). Es absurdo, por tanto,
decir que la televisión le hace la competencia al cine: en todo caso,
le hace la competencia a los cines (es decir, a las salas de
proyección), pero la cinematografía como tal tiene en la televisión su
mejor aliada.
Y desde sus orígenes la industria cinematográfica fue un
cuasimonopolio de Estados Unidos, así como su más eficaz arma
ideológica y propagandística; no es exagerado afirmar que, sobre todo
en los años cincuenta y sesenta, Hollywood desempeñó un papel no menos
importante que el Pentágono en la agresiva campaña imperialista
estadounidense.
Para analizar el papel del cine como instrumento de colonización
cultural, he elegido tres de sus vertientes más representativas (dos de
ellas claramente tipificadas como “géneros”): los productos Disney, el
western y el musical. La elección puede parecer un tanto arbitraria,
incluso anecdótica, puesto que hay géneros mucho más explícitos desde
el punto de vista de la propaganda ideológica (como el cine bélico o el
policíaco); pero es precisamente su supuesta neutralidad lo que hace
que estas tres ramas de la cinematografía estadounidense sean
especialmente peligrosas, como intentaré mostrar a continuación.
Los productos Disney
A partir de la II Guerra Mundial, la factoría Disney inundó el mercado
internacional con tres tipos de productos básicos: cortometrajes de
dibujos animados, largometrajes de dibujos animados (los largometrajes
con actores reales son más tardíos e inespecíficos) y cómics
(desarrollados sobre todo a partir de los protagonistas de los
cortometrajes).
Los cortometrajes disneyanos suelen ser meras sucesiones de gags
humorísticos, y su carga ideológica es comparativamente escasa, aunque
fueron decisivos para imponer a los dos grandes iconos de Disney: el
ratón Mickey y el pato Donald, que se convertirían a su vez en los
máximos protagonistas de los cómics de la factoría.
El análisis de las historietas de Mickey y Donald es especialmente
interesante, pues en ellas alcanzan pleno desarrollo ambos personajes
(apenas esbozados en los dibujos animados). En sus aventuras (a menudo
bastante largas y de una cierta complejidad argumental), Mickey se
perfila como el típico héroe positivo, valeroso y de conducta
intachable, mientras que Donald se aproxima más al “semihéroe” de las
típicas comedias cinematográficas estadounidenses, voluble y chapucero
pero básicamente bueno. En su libro Cómo leer el pato Donald (1972),
Ariel Dorfman y Armand Mattelart llevan a cabo un exhaustivo análisis
del solapado contenido ideológico de los cómics disneyanos, y a dicho
ensayo remito al lector interesado en un tema que no es posible tratar
debidamente en esta breve exposición. Solo señalaré las curiosas
relaciones de parentesco que se dan tanto en la familia Duck como en la
familia Mouse: Donald vive con tres sobrinos (que no se sabe de quiénes
son hijos), y los cuatro se relacionan de forma recurrente con el “tío
Gilito”; las relaciones conyugales y paternofiliales brillan por su
ausencia, y lo mismo ocurre en el caso de Mickey y sus dos sobrinos;
además, tanto Donald como Mickey tienen sendas “eternas novias”, Daisy
y Minnie, con las que mantienen relaciones un tanto ambiguas.
¿Impugnación de la familia convencional? Todo lo contrario: el
matrimonio y la familia nuclear son la meta suprema, la culminación de
toda aventura, y por tanto no pueden formar parte de la aventura misma;
podríamos hablar, en este caso y en otros similares (casi todos los
héroes del cómic tienen su correspondiente “eterna novia”), de
mitificación por omisión.
En cuanto a los largometrajes de dibujos animados de la factoría
Disney, sobre todo los de la primera época (Blancanieves, Bambi,
Cenicienta, Pinocho, Peter Pan, La Bella Durmiente, etc.), han
desempeñado un papel crucial en el proceso de suplantación de la
cultura popular por la cultura de masas, al contribuir de forma
decisiva a banalizar, edulcorar y resemantizar (es decir, ideologizar)
los grandes cuentos maravillosos tradicionales y los clásicos de la
literatura infantil. A primera vista, podría parecer que su carga
ideológica no es muy intensa; pero no hay que olvidar que las películas
de Disney van dirigidas (aunque no solo a ellos) a los niños, es decir,
a un público indefenso ante los poderosos estímulos audiovisuales de
estos excelentes (desde el punto de vista técnico) productos. Teniendo
en cuenta, además, el extraordinario éxito de los grandes “clásicos”
disneyanos, su amplísima difusión tanto en el espacio como en el
tiempo, sería un grave error subvalorar la potencia indoctrinadora de
sus almibarados mensajes ético-estéticos, que han grabado en las mentes
de varias generaciones de niños unos patrones de belleza y bondad (y de
fealdad-maldad) cuya trascendencia aún no ha sido debidamente
estudiada.
El western
A primera vista, resulta sorprendente que un género tan
específicamente estadounidense, tan ligado a una historia y unas
condiciones exclusivamente locales, haya alcanzado en todo el mundo un
éxito tan extraordinario. Bien es cierto que la mera fuerza bruta de la
industria cinematográfica podría haber impuesto cualquier tema, por muy
local que fuera; pero un cine sobre las hazañas de los boy scouts o de
los jugadores de rugby, pongamos por caso, no habría tenido la misma
aceptación masiva que el western.
La explicación profunda del éxito sin precedentes de este género hay
que buscarla en el hecho de que la sistemática campaña de expolio y
exterminio conocida como “la conquista del Oeste” ha sido la última
gran “epopeya” de la “raza blanca” contra otras etnias y de la cultura
occidental contra otras culturas (la actual “cruzada contra el
terrorismo islámico” no ha terminado, por lo que todavía no es materia
épica, y esperemos que nunca llegue a serlo). La explicación está, en
última instancia, en el racismo y la xenofobia de una sociedad brutal,
íntimamente orgullosa de su larga tradición de atropellos y masacres.
Con el tiempo, el western evolucionó desde las consabidas cintas de
“indios y vaqueros”, burdamente maniqueas y solo aptas para niños y
descerebrados, hacia relatos más centrados en la épica del héroe
solitario y autosuficiente, eficaz expresión del mito estadounidense
del self-made man; e incluso daría lugar a derivaciones tan curiosas e
interesantes como el “spaghetti western”, cuya peculiar retórica
hiperbólica (y a menudo autoirónica) merecería un estudio aparte. Pero,
en conjunto, el western es sin duda el género cinematográfico que de
forma más grosera (y a la vez más eficaz) ha proclamado la
“superioridad” de la “raza blanca” y de la cultura occidental. Toda la
propaganda nazi y fascista de los años treinta se convierte en un juego
de niños ante esta gigantesca maniobra de colonización cultural e
idiotización de las masas.
El musical
Este género en apariencia tan amable e inofensivo como los dibujos
animados, y a menudo ensalzado incluso por la crítica “de izquierdas”
(revistas tan prestigiosas como la española Film Ideal o la francesa
Cahiers de Cinéma rindieron en su día delirantes homenajes al musical
estadounidense), ha sido probablemente el que más ha contribuido a
imponer en todo el mundo los nefastos patrones ético-estéticos (los
“valores”, en última instancia) tardooccidentales (no olvidemos que la
cultura de masas estadounidense no es más que la degradación de la
cultura occidental, la apoteosis de su banalización y decadencia).
El musical es, desde el punto de vista temático, una variante de la
comedia romántica, y como tal nos propone, ante todo, unos estrictos
modelos de conducta masculinos y femeninos, unos protocolos de cortejo
igualmente rígidos y, en última instancia, una idealización extrema del
amor convencional (que no en vano es el mito nuclear de nuestra
cultura). Pero su peculiar naturaleza artística, su condición de “gran
espectáculo”, su eficaz utilización de los recursos estéticos y
retóricos de la música y la danza, convierten al musical en la máxima
expresión del glamour, la elegancia y la alegría de vivir.
Es interesante intentar ver un musical con ojos de niño o de
espectador ingenuo, no familiarizado con las convenciones del género.
Un hombre y una mujer están conversando normalmente y, de pronto, sin
previo aviso y sin mediar provocación alguna, él empieza a cantar. ¿Un
ataque de locura transitoria? De ser así, la locura es contagiosa, pues
ella, en vez de llamar a un médico, se pone a cantar también, y a los
pocos segundos, arrastrados por su delirio melódico, el hombre y la
mujer están bailando claqué... Los críticos culturales solemos buscar
los mensajes ocultos tras la literalidad de determinados mensajes
aparentemente simples, pero deberíamos realizar también el ejercicio
recíproco: analizar la literalidad de ciertos mensajes “poéticos”. En
este sentido, no deberíamos pasar por alto el nivel puramente
denotativo de ciertas metáforas y metonimias típicas del cine, la
publicidad y otras formas de seducción-indoctrinación. En las
sociedades occidentales, gritar de felicidad y dar saltos de alegría
son manifestaciones poco comunes entre los adultos; pero no en vano las
alusiones verbales a estos impulsos reprimidos (su enunciación
sustitutoria) se han convertido en frases hechas, y el musical se
limita a sublimarlas artísticamente, puesto que cantar y bailar no es
más que gritar y saltar de forma articulada. Si tenemos en cuenta,
además, la relación de la danza con el cortejo y con la sexualidad
misma, no es difícil ver en el musical la expresión más clara y
desaforada de la mitología amorosa (es decir, de la ideología)
occidental. Recuerdo una discusión que tuve hace muchos años con un
conocido crítico de cine comunista sobre Cantando bajo la lluvia (una
auténtica obra maestra desde el punto de vista artístico, qué duda
cabe). “No me negarás que es una de esas películas que ayudan a vivir”,
me dijo en un momento dado, a lo que repliqué: “En efecto, y
precisamente en eso estriba su peligro: ayuda a reconciliarse con una
forma de vida inaceptable”.
Corbatas, tacones y hamburguesas
Desgraciadamente, la fascinación de la crítica de izquierdas por el
musical estadounidense no es un fenómeno aislado. Sin ir más lejos,
resulta paradójico (y preocupante) que en el más antiimperialista de
los países y en el marco de un congreso sobre la diversidad cultural,
disten de ser infrecuentes los signos de sometimiento a los patrones
occidentales.
Si el traje de chaqueta (esa atrófica chaqueta que no en vano se
denomina “americana”), uniforme oficial del macho dominante que lo
distingue tanto de la clase oprimida (los obreros) como del género
oprimido (las mujeres), es absurdo en todas partes, lo es doblemente en
Cuba, y el hecho de que esté desplazando a la tradicional, elegante y
funcional guayabera en los actos oficiales, es una señal de decadencia
estética cuya importancia (nulla aesthetica sine ethica) no habría que
subvalorar. ¿Y qué decir de la falocrática corbata, ese ridículo nudo
corredizo de seda, a la vez signo de poder y de sometimiento, que en
Occidente sigue siendo de uso obligatorio en muchos lugares y
circunstancias?
¿Y qué decir de los zapatos de tacón (a cuyo éxito tanto han
contribuido las divas de Hollywood)? No solo son obviamente inadecuados
para caminar (y ya no digamos para correr), sino que, por si fuera
poco, los traumatólogos llevan décadas denunciando los graves daños
para los pies, e incluso para la columna vertebral, que acarrea su uso.
Y, por otra parte, ¿cuál se supone que es su función? ¿Hacer más
“atractiva” a la mujer que los lleva? Pero ¿quién puede encontrar
atractiva a una mujer que lleva en los pies unos instrumentos de
tortura que limitan su movilidad y dañan su salud? Solo un enfermo,
obviamente, un machito baboso que se excita con la estética del dolor y
la sumisión. La próxima vez, compañeras, que vayáis a calzaros unos
zapatos de tacón, preguntaos qué pretendéis con ello. Si vuestra
intención es excitar a los sadomasoquistas, y os parece, además, que el
logro de tan alto objetivo merece la inmolación de vuestros
metatarsianos y vuestras vértebras, adelante; pero si vuestra finalidad
es otra (por ejemplo, que os consideren personas y no objetos), estáis
adoptando una estrategia claramente equivocada.
Pero tal vez el más nefasto de los hábitos cotidianos impuestos por la
cultura estadounidense (aunque no solo por ella, sino por los países
ricos en general) sea el carnivorismo. Las hamburgueserías (y a ello ha
contribuido el cine de forma muy especial) se han convertido, en todo
Occidente (y en parte de Oriente), en importantes lugares de encuentro
de los adolescentes, tan emblemáticos como las discotecas o los grandes
centros comerciales. Y la disparatada idea de que “comer bien es comer
carne” ha calado profundamente en casi todo el mundo, incluida Cuba,
donde el consumo de cerdo está alcanzando niveles preocupantes (la
última Feria del Libro de La Habana, sin ir más lejos, estaba llena de
puestos ambulantes donde se vendían esas grasientas seudohamburguesas
porcinas que hacen las delicias –y las barriguitas-- de tantos
cubanos). El carnivorismo (y en especial el cerdivorismo) es nefasto
desde el punto de vista dietético, económico y ecológico, y la
revolucionaria Cuba debería abordar el tema con la seriedad que merece.
La defensa de la diversidad cultural bien entendida empieza por uno
mismo, por una misma, y quienes nos oponemos a la dominación
imperialista deberíamos ser más críticos con nuestras propias
costumbres. Tendemos a considerar naturales nuestros hábitos cotidianos
(dietéticos, indumentarios, amorosos), y a menudo no solo no son tan
naturales, sino que en realidad ni siquiera son nuestros. En estos
momentos, para Cuba, como para muchos otros países de todo el mundo, la
mayor amenaza imperialista no está en el Pentágono, sino en Hollywood y
en McDonald’s.
Juan Carlos Liaño
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