“Hay suficiente
agua para todos (…) A nivel mundial, el agua dulce abunda”.
Estas y otras expresiones similares se recogen en el último informe de la
UNESCO: “El Agua: una responsabilidad compartida”, presentado con motivo del IV
Foro Mundial sobre el agua, que se ha celebrado estos días en México y,
especialmente, con ocasión del Día Mundial del Agua que se celebra cada 22 de
marzo.
No se entiende entonces, a primera vista, dónde está el problema. Si hay agua
suficiente, si, a pesar del exponencial crecimiento de la población, existen
recursos hídricos para todos: ¿Por qué hay 1.100 millones de personas sin acceso
a un abastecimiento de agua adecuado? ¿Por qué la cifra se eleva a 2.600
millones si hablamos de quienes se ven privados del disfrute de instalaciones de
saneamiento básicas? ¿Por qué, puede uno preguntarse, más de 1.000 millones
personas viven ya sin acceso al mínimo de agua requerido para vivir? (50 litros
por habitante y día). El rosario de cifras es interminable y de cada una surge
una pregunta.
Un ciclo que se alimenta a sí mismo
La relación de esta ausencia de agua con la pobreza en sus formas más
extremas resulta evidente. Es un círculo vicioso alimentado por enfermedades
desaparecidas en el Norte y endémicas en el Sur y por los desastres naturales.
Según la UNESCO, el 90 por ciento de los llamados desastres naturales están
relacionados con el agua y su número y frecuencia va en aumento. Sequías,
tifones, tormentas tropicales, inundaciones…Dos de cada cinco personas viven en
zonas vulnerables a inundaciones y elevaciones del nivel del mar. Y la situación
no va a dejar de empeorar.
Al menos 1,7 millones de muertes se podrían evitar, cada año, si se
garantizase el acceso al agua en buena calidad. Sólo en 2002, las enfermedades
diarreicas y el paludismo causaron 1,8 y 1,3 millones de muertes
respectivamente. En su mayoría, niños de menos de cinco años. La cifra es
antigua pero no por ello deja de ser demoledora. Además, instituciones
internacionales y ONG aseguran que la situación no ha mejorado lo más mínimo en
los últimos años. Según la Organización Mundial de la Salud, aparte del agua
potable, el mejor remedio para luchar contra la diarrea y otras enfermedades
similares es lavarse las manos antes de comer. Lavarse y comer, dos grandes
retos diarios para cientos de millones de personas.
Según el Banco Mundial, el 40 por ciento de la población del planeta vive en
la pobreza. Si se superponen los mapas de las zonas más pobres y de aquellas con
peor acceso al agua se consigue una perfecta simetría.
Empeñados en conseguir unos Objetivos del Milenio para 2015 a todas luces
insuficientes y ahora, además, prácticamente imposibles, los distintos
organismos de Naciones Unidas ofrecen datos acerca de su cumplimiento en
relación con el agua. El Objetivo relacionado con el agua propone reducir a la
mitad el número de personas que no cuentan con acceso a sistemas de saneamiento
de este bien básico. Si tenemos en cuenta que más de la mitad de las personas
que sufren esa falta de acceso se encuentran en dos grandes gigantes
demográficos cuya población no para de crecer (China e India) la solución se
convierte en un imposible. A pesar del optimismo de las organizaciones de la
ONU, en todos sus informes descartan que el África Subsahariana, región
olvidada, aplastada y desastrada pueda, a nueve años vista, cumplir ni siquiera
de lejos con los objetivos.
La pobreza, la sequía y la falta de alternativas empujan a los más pobres a
emigrar a las grandes ciudades. Ya existen en el mundo 400 ciudades por encima
del millón de habitantes y las grandes urbes como Estambul, Lagos, Sao Paulo,
Pekín, El Cairo, México D.F,, etc. sobrepasan ya los 15 millones de habitantes.
Allí, millones de personas se hacinan en lugares que no cumplen con las mínimas
condiciones, sobrepasando con creces los recursos existentes, condenándose al
mismo círculo del que huían en el medio rural: pobreza, enfermedad y miseria.
El buen gobierno como herramienta
La UNESCO apunta alto y claro a la hora de abordar en su II Informe sobre el
Desarrollo de los Recursos Hídricos en el Mundo, las causas fundamentales de
este desastre: “la gestión deficiente, la corrupción, la falta de instituciones
adecuadas, la inercia burocrática, el déficit de nuevas inversiones en la
creación de capacidades humanas y la escasez de infraestructuras físicas” se
apuntan como algunos de los problemas esenciales.
Al igual que ocurría antes con la pobreza, el mapa de las dictaduras
corruptas, ineficientes y liberticidas, coincide con el de la falta de agua. Es
más, en Oriente Próximo y el norte de África la relación entre la disponibilidad
de agua per cápita y la gobernabilidad es directa y en ambos casos deficiente.
Pero la responsabilidad no es sólo de estas dictaduras. Durante la Cumbre de
Desarrollo Sostenible celebrada en Johannesburgo, en 2002, se creó el llamado
Plan de Aplicación, un llamamiento a las naciones del mundo para que pusieran en
práctica antes de 2006, planes destinados a la gestión integrada de los recursos
hídricos y a su explotación eficiente. A estas alturas, sólo un 12 por ciento ha
ultimado la elaboración de estas estrategias. El despilfarro generalizado hace
el resto.
El tiempo urge
El consumo de agua se ha multiplicado por seis en el último siglo, el doble
que la tasa de crecimiento demográfico. Según el Banco Mundial, en 2030 la
población necesitará el 55 por ciento más de alimentos para sobrevivir. Y hay
que tener en cuenta que el 70 por ciento del consumo de agua en el mundo se
emplea en regadíos. El Banco Mundial pronostica que, para 2035, alrededor de
3.000 millones de personas vivirán en zonas afectadas por una grave escasez de
agua, especialmente en África, Oriente Medio o Asia Meridional.
Problemas tan graves como el del abastecimiento del agua y de servicios de
saneamiento pueden tener solución. Es más, puede ser rentable. Según un estudio
del Banco Mundial, la rentabilidad de un programa de revisión de letrinas en
Kabul se situó entre 1.800 y 4.100 dólares, dependiendo de quién lo financiase,
por cada muerte por diarrea evitada.
Una cifra: la cobertura de saneamiento en los países en vías de desarrollo es
del 49 por ciento, en el mundo desarrollado, del 98 por ciento. Los ciudadanos
de los países pobres pagan 12 veces más por el saneamiento que los de los ricos.
Algunas de las preguntas del principio pueden empezar a tener una
respuesta.