NadieSantos en la rebelión
 
Nota Destacada: La Huelga de las Escobas de 1907

   
 

Nadie
27/02/06

Por Sandra Russo

(APE).- La beba murió en Córdoba el mes pasado. En su certificado de defunción figura el nombre de María del Carmen, pero eso fue un requisito burocrático y el nombre, antojadizo. La beba no se llamaba de ninguna manera.

Murió desnutrida. Sus hermanos le decían “bebé” y sus padres no se sabe cómo la nombraban. Había nacido con un buen peso, pero a los tres meses pesaba menos que cuando nació. No presentaba signos de violencia. Aunque puede admitirse que la indiferencia es una forma de violencia cuando el otro es un ser indefenso. La beba coronó la historia trágica de su madre, una chica de 27 años que aparenta el doble, y que según un empleado de la fiscalía que lleva el caso, está abstraída y no parece tener conciencia de la realidad.

Los otros hijos evidencian también señales de desatención marcada. La hija de 10 años estuvo gravemente infectada de sífilis. Repitió tres veces el primer grado. No sabe leer. La pericia indica que su edad mental no supera los 6 años. La hija de 5 años, interrogada por la psicóloga de Tribunales, dijo que tenía sólo 2 años.

La madre está detenida. Por abandono de persona. Cobraba un Plan Jefes y ese magro dinero le era arrebatado por su compañero. Fue violada cuando tenía 13 años. Está con el padre de sus hijos desde los 17. Él es alcohólico. La muerte de esta beba pone sobre el tapete una historia lumpen, una biografía desordenada y terrible que no se pudo enderezar y que costó una vida. Ahora el Código Penal caerá sobre ella. Y por un delito atroz, que es abandonar a un hijo hasta dejarlo morir. Pero el Estado, ¿no hace lo mismo? ¿No abandona a sus hijos hasta dejarlos morir? ¿Qué pena cae sobre un Estado que desatiende, desnutre, desprotege?

El mal individualizado, puesto sobre la figura arquetípica de la madre que abandona al hijo hasta su muerte, es un blanco móvil para que los dedos acusadores se alcen y señalen. Pero habría que preguntarse qué entiende del mundo y de la vida y del cuidado y de la salud y del dolor alguien que ha vivido esa vida y que ha sido privada hasta de su mínima dignidad, que es la de amar.

Fuentes de datos:
Diario La Voz del Interior - Córdoba 16-01-06


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Santos en la rebelión
22/02/06

Por Oscar Taffetani

(APE).- En 1909, al prologar Teoría y práctica de la Historia -que sería su contribución más importante al pensamiento socialista- Juan B. Justo puso en la primera página un sugestivo epígrafe: “Dedico este libro a esa masa laboriosa, sincera aún en el error, santa en la rebelión”.

Una primera interpretación de aquella dedicatoria es que a principios del siglo XX el socialismo había dejado de ser una teoría (y una fe) de obreros alemanes trasplantados al Nuevo Mundo (Vorwärts se llamó su primera revista) y aspiraba a convertirse en catecismo de las masas proletarias de esta región del planeta.

Una segunda interpretación -que sigue vigente aunque hayan pasado cien años- es que nunca es tarde para gritar, para reclamar por un derecho o para decir, como aquellos criollos de la Junta Tuitiva, en 1809, “hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”.

En estos días, desde ciertas usinas mediáticas, se ha tratado de descalificar el reclamo de los vecinos de Gualeguaychú con el argumento de que en otras ciudades argentinas se consintió -y aún se consiente- la diaria contaminación de las celulosas.

La pregunta -contaminada- que los escribas del poder hacen es “¿Por qué protestan ahora?”. Y la respuesta a esa pregunta puede ser, sin menoscabo de cualquier otro argumento: “-Porque ahora nos dimos cuenta...”

Hubo una siesta cómplice del Estado argentino, que delegó lo indelegable y concesionó lo inconcesionable, en la llamada década menemista. Hubo beneficiarios, directos e indirectos, del desguace del Estado.

Hubo también importantes sectores de la población, no exclusivamente de clase media, que disfrutaron de la ilusión cambiaria de los ‘90, del “déme dos”, del endeudamiento externo y hasta de las regalías que alegremente pagaban los concesionarios del oro negro y otros oros que guarda el subsuelo de la Patagonia y de otras regiones argentinas.

Ahora la fiesta terminó, y como en El retrato de Dorian Gray, de Wilde, la sociedad de los pudientes quedó enfrentada, sin poder torcer la vista, con el retrato crudo y desnudo de sus crímenes: el hambre de los chicos, la desocupación de los grandes, la violencia salvaje, la liquidación del futuro.

Viejo -y nuevo- jefe Seattle

Fue muy difundida en los años ’70 -y también en las décadas posteriores- una bellísima carta atribuida al gran jefe Seattle de la tribu de los Suquamish, en América del Norte. Esa carta es considerada el primer manifiesto ecologista, ya que está redactada sobre un concepto diametralmente opuesto al que sustentó la revolución industrial y la colonización del planeta, durante el siglo XIX: La tierra es nuestra madre, y no nos pertenece. Nosotros somos de la tierra.

Sólo hay un detalle: el texto no es de 1854. Ni fue escrito (ni dictado) por el gran jefe Seattle. Lo escribió Ted Perry, joven guionista norteamericano, para su filme Home (Hogar), de 1972.

El manifiesto ecologista de Perry se distribuyó en cientos de miles de copias, en distintos idiomas. Varias generaciones se emocionaron con las palabras del jefe Seattle, que los hizo reflexionar, entre otras cosas, sobre el genocidio de los pueblos originarios de América del Norte.

Aquellas fueron palabras oportunas para una masa sincera aún en el error, y santa en la rebelión.
Pocos años después del manifiesto de Perry, el cineasta australiano Peter Weir conmovió al mundo con su filme La Última Ola, en el que relativiza los avances de una civilización que se construye sobre el olvido y la negación de las raíces.

Los australianos -hijos de una colonización arrolladora e implacable, lo mismo que los norteamericanos- comenzaron a tomar conciencia, a fines del siglo XX, de su deuda impagable con la tierra.

Traducciones y olvidos

Discursos en boga nos invitan a hacer la arqueología del pensamiento socialista del siglo XIX, o de las utopías comunitarias del siglo XX. Como si no pudiera hablarse de esos asuntos, con fundamento, en tiempo presente.

Sin embargo, una simple ojeada al Manifiesto firmado por Marx y Engels en 1848, o a los simples versos de aquel himno obrero bautizado “La Internacional”, en 1871, basta para saber que ambos están hablando del presente. Hablan del grito de los oprimidos.

De pie los condenados de la tierra. / De pie los presos del hambre, dicen los versos de la letra francesa. El Estado oprime, / la ley hace trampa, expresan con notable síntesis.

La Tierra será un paraíso, / patria de la humanidad, pintan poco después, esperanzados, los socialistas españoles.

Los hombres han de ser hermanos, / cese la desigualdad, se suman los anarquistas.

Hay un verso que se repite en todas las versiones; que se repite en catalán, en gallego, en húngaro y en finés, en filipino y maorí, en quechua, en yiddish, en esperanto: La Internacional es el género humano...

¿Qué pasó después?, nos preguntamos.

Tal vez una extraña contaminación diluyó el mensaje. Una amnesia feroz atacó a la Internacional. Atacó al género humano. A esta masa laboriosa, sincera en el error.

Esta masa que sólo fue santa (es santa, será santa) al ejercer su derecho a la rebelión.


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Nota Destacada: La Huelga de las Escobas de 1907
01/03/06

Por Alberto Morlachetti

(APE).- En el año 1852 nuestra futura Capital tenía 76.000 pobladores de origen criollo. En 1869 era habitada por 950.891 y en el censo de 1914 la ciudad de Buenos Aires tenía 1.576.597 personas, de las cuales 778.044 eran extranjeros. Buenos Aires tuvo que absorber el 50% del aporte inmigratorio. Las cifras nos revelan el notable crecimiento demográfico: rápidamente la ciudad perdía “tamaño humano”.

Esa enorme cantidad de extranjeros, sin viviendas o planes sociales, fueron a domiciliarse en los conventillos, uno de los negocios más rentables de la época. Sus propietarios eran la imagen más elocuente de la insensibilidad social y entre sus dueños se encontraban poderosos empresarios, o terratenientes como Anchorena o el músico y banquero arreglador del himno nacional Don Pedro Esnaola, que eran parte de la minoría patricia que vivía en mansiones, construidas por arquitectos extranjeros, en cuyo interior se expresaban los distintos siglos y culturas en el esplendor de sus obras de arte. Paseaban sus coches en Palermo y se reunían en el Jockey Club, donde las tertulias recorrían los frescos del renacimiento hasta las concesiones forestales, el desprecio por los anarquistas, y las ambiciones que les despertaban las nuevas extensiones ferroviarias. La “gente decente” posaba su mirada sobre las compras o ventas de tierra y afilaba su menosprecio por “la resaca humana” que habitaba el conventillo.


 

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