El color del hambreBlanco sobre negro
 
 

El color del hambre
21/02/06

Por Alberto Morlachetti

(APE).- Sánchez Labrador escribía en 1767 que los guaraníes les daban de mamar a sus niños hasta los cuatro años. “Vimos en varias ocasiones a la madre en pie, derecha, y al niño en la misma situación”. El hijo contaba con senos abundantes y una buena nutrición. “No lo hacen así las señoras españolas que los dan a criar a mujeres de castas, mulatas, mestizas y negras”, manifestaba el cronista que extiende su mirada y nos informa que “entre ellos no se ven estebados, contrahechos, ni hombrecillos del codo a la mano”.

Donato Depalma en su trabajo sobre el desarrollo de la pediatría en el pueblo Guaraní escribe que en el cuidado y mantenimiento de prematuros demostraron poseer formas de puericultura avanzada, así como conocimientos de neonatología. Una idea ingeniosa, precursora de las incubadoras actuales, permitía mantener al niño de pretérmino en un ambiente aceptable, para ello lo ubicaban en una cerámica con forma de cántaro en la que previamente colocaban una mullida capa de plumas de pato. Aquella vasija de barro cocido se mantenía cerca del fuego, el que debía permanecer siempre encendido aconsejando tocar al niño lo menos posible. En estos casos la alimentación inicial se aseguraba con miel silvestre diluida (yotey) ofreciéndole días después leche materna. Si por diversos motivos el neonato no succionaba el pecho, dábanle la leche a través del tacupí: una cánula construida con una cañita.

Los alimentos semisólidos -las primeras papillas- las introducimos en occidente allá por el quinto o sexto mes de vida. Los guaraníes lo hacían mas allá del año: la mazamorra, algarroba, mandioca y batata eran previamente masticadas por la madre. Inscriptos en una cultura de inmenso amor a los niños, nunca olvidaron para sus pequeños una canoa con luna, una isla donde refugiar sus fantasmas y el canto de otras lagunas.

El alimento manaba abundante sobre los hijos. Alimentos ricos en proteínas, celulosa, vitaminas e hidratos de carbono. Aquellos niños dormían sobre esteras tejidas con hojas de pindo o pirí. Cuando llegaba el tiempo de las palabras se los educaba en el desprecio por el robo y la envidia, a ser generosos y hospitalarios. Reverenciaban a los ancianos y veneraban a los difuntos.

La muerte de pequeños de origen guaraní por desnutrición es frecuente en la provincia de Misiones. Destacamos las de la comunidad de Fortín Mbororé, asentada en la localidad de Puerto Iguazú, que tuvieron un espacio destacado en las noticias. Mas allá de lo que diga el gobierno, sus estadísticas y su capitalismo incapaz de cualquier “crecimiento del producto amoroso”, que distorsiona el alba, sin llave para glorias o niños dioses de lámparas brillantes que vienen del futuro a través del vientre fresco de las mujeres pürna, las que llevan el fruto.

El 16 de febrero nos enteramos que 3 niños se encuentran internados en el hospital público y de autogestión Samic Eldorado y padecen del mal de los hambrientos. Uno de los niños, José Luis Benítez -de la aldea Perutí de El Alcázar- tiene un año y diez meses y presenta “desnutrición de primer grado” y entró al hospital con diversas infecciones en la piel, confirmó la doctora Norma Vicente. Otros de los niños más niños Graciela Villalba -de un año y dos meses- proviene de la aldea Fortín Mbororé y se encuentra “con un grave cuadro de desnutrición y neumonía”. En tanto Daniel Barreto, de un año y siete meses, “es un desnutrido grave con infección urinaria”.

Si somos una historia, las muertes de niños podían ocurrir en el pueblo guaraní, pero no por desnutrición: ellos no producían hambre, invento de una cultura exótica a sus existencias. Los guaraníes fueron un pueblo generoso que derramaba sobre la infancia los alimentos que producía: el abatí (maíz), el yeti (batata), el curapepé (zapallo) o el mandubí (maní). Cuando más grandes los niños recibían la bendición de los peces que manaban abundantes de los ríos, o de los animales de la selva, que como frutos, estaban al alcance de sus manos.

Memorias de arrope de chañar y del jugo fresco de la chichita. Vidas legendarias que están uniendo en “nosotros sus pedazos”. Si el hambre sabe a Blanco, nuestra contribución no debería ser la de ponerla en el olvido, sino al contrario, liberarla de sus carceleros “civilizados”. Hoy es mañana o cualquier hora enredada en un antiguo reloj de cuerdas que sabe que en cada noche hay un cielo de ojos negros: dos ventanas que no abren a ningún latido.

Fuente de datos:
Diario Territorio Digital - Misiones 16-02-06


 Volver

Blanco sobre negro
20/02/06

Por Sandra Russo

(APE).- En el tercer trimestre del año pasado, según datos del INDEC difundidos la semana pasada, cada integrante de las familias del 10 por ciento más rico de la población total de la Argentina tuvo ingresos 34,2 veces superiores al 10 por ciento más pobre. Punto.

Además de ser por sí mismo un dato escalofriante, por cuanto devela en blanco sobre negro el colchón de inequidad sobre el que descansa el sistema, es todavía más impresionante leído en contexto: es que la brecha entre ricos y pobres volvió a ampliarse, toda vez que en el lapso que fue de 2001 al segundo trimestre de 2005, esa distancia se había ubicado entre 25 y 30 veces más.

Sucede entonces lo mismo cuando se miden los ingresos del 20 por ciento más rico y el 20 por ciento más pobre: la brecha actualmente es de 15,3 veces, mientras en los años inmediatamente anteriores era de 12 y 14.

Los datos del INDEC incluyen a todas las personas que tienen algún ingreso: en blanco, en negro, jubilados, rentistas y también a aquellos que reciben un plan asistencial. Se miden, en total, unos veinte millones de personas. Si bien este criterio de medición ha sido criticado cuando de lo que se trata es de medir desempleo, ya que se consideran empleadas las personas que cobran $150 mensuales por los planes asistenciales, en esta medición ese mismo criterio pone en evidencia el abismo que se abre entre ricos y pobres, y no sólo eso: indica que esa brecha, que podía explicarse o pretextarse en los años de crisis, ha aumentado en los últimos meses, que fueron de crecimiento sostenido.

Las cifras marcan que la distribución de los ingresos empeoró en la década del 90, se agudizó durante la crisis 2001-2002, y se amplificó últimamente. Algunos sectores puntuales de la clase media repuntaron y mejoraron sus ingresos (por caso, los empleados bancarios), pero los sectores más pobres bajaron un escalón más. En promedio, el ingreso del 10 por ciento más pobre se mantuvo en 106 pesos por persona, sin cambios en los últimos tres meses, mientras el 10 por ciento más rico incrementó sus ingresos de 2.630 pesos a 3.268 pesos por persona: implica un 24 por ciento más.

Lo que develan estos datos ya ha sido dicho, pero la información refuerza la percepción de que todavía el hueso de la inequidad no sólo no ha sido roído ni tocado, sino que los pilares del sistema que hace ricos a los ricos y pobres a los pobres siguen sólidos, firmes, y soportando con cierto cinismo este presunto “giro a la izquierda” argentino.

Fuente de datos:
Diario Clarín 09-02-06 y 20-02-06


 Volver
 

Si desea enviarnos un mensaje, puede hacerlo a albmor@pelotadetrapo.org.ar


Por una Comunicación Alternativa / En alianza con

Si Ud. no desea recibir estas noticias, envíe un mensaje con la palabra "REMOVER" a agenciapelota@pelotadetrapo.org.ar