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9 julio 2007 |
La
Izquierda en el Imperio del Consumo
¿Cómo
ha conseguido el capitalismo hacer olvidar sus graves deficiencias y arraigar
de una manera tan firme en toda la humanidad? El sociólogo inglés Robert Bockoc
da la clave en una frase: “El capitalismo ha sido legitimado por el consumo.”
A este fenómeno, el consumo, tan
fundamental en nuestra sociedad que le da nombre, dedica Eduardo Galeano uno de
sus excelentes artículos, “El Imperio del Consumo”, aparecido
recientemente en nuestra web. En este Imperio que tan bien describe Galeano
estalla el infinito número de conflictos que enturbian la vida de toda la
humanidad. Todos, aparte de sus causas más inmediatas, tienen como fondo la apetencia
insaciable de consumo desatada por el sistema capitalista.
Pero, al mismo tiempo que raíz de los
conflictos, el consumo es también la gran fortaleza en la que se parapeta el
capitalismo. Efectivamente, el indudable progreso económico experimentado en
los países centrales y la orientación de las aspiraciones de la gente hacia la
ilusión de un consumo siempre creciente, consumo de masas, es lo que ha llevado
a la aceptación voluntaria del capitalismo por parte de esas masas.
Este papel del consumo como legitimador
del capitalismo es cada vez más fundamental, pues los otros pilares en que se
apoyaba el capitalismo se van debilitando. En primer lugar, el capitalismo se
presentaba como inseparablemente unido a la democracia y la libertad, en
oposición a los totalitarios regímenes socialistas. Pero hoy somos cada vez más
conscientes de que la democracia real está siendo gravemente socavada por el
poder creciente de las empresas transnacionales, los grandes grupos financieros
y los organismos internacionales, FMI, BM, OMC, que están totalmente
subordinados a los grandes intereses económicos. La libertad de los ciudadanos
para decidir en las grandes cuestiones económicas y sociales que afectan
seriamente a sus vidas está cada vez más limitada por el poder económico, que
se oculta bajo la pantalla de las decisiones de los mercados. El fenómeno del
terrorismo ha venido a facilitar este recorte de libertades, y lo ha ampliado
hasta afectar a libertades de las personas que se consideraban conquistas
inviolables de una sociedad democrática.
Por otro lado, muchos aspectos de la vida
humana que contribuyen decisivamente a conformar la calidad de vida de las
personas se van deteriorando progresivamente en los últimos años. Hace pocos
decenios la acelerada automatización de los procesos productivos permitía
acariciar la idea de una sociedad del ocio, donde la cantidad de trabajo que
cada persona tendría que aportar para el adecuado funcionamiento de la sociedad
sería cada vez menor. Pero nos encontramos con que el anunciado fin del trabajo
se ha convertido en el trabajo sin fin, las jornadas ilimitadas, el trabajo
precario y la inseguridad agobiante. Y dando gracias porque las empresas
generosamente nos dan trabajo y nos permiten salir del agujero negro del paro.
A esto se une la competencia desenfrenada que rompe fidelidades y seguridades,
aumentando las tensiones sociales a todos los niveles. Un clima que favorece la
inestabilidad, la ansiedad y el estrés.
En este ambiente social, que tiende a
configurar una sociedad cada vez menos placentera, la tarea de legitimar el
capitalismo recae de una manera cada vez más exclusiva sobre los hombros del
consumo. El consumo, compensador de todas las tensiones y esfuerzos a que nos
somete el neoliberalismo. Es el gran logro, el gran atractivo que puede
presentar el sistema capitalista para seguir manteniendo la adhesión de las
grandes masas de nuestro mundo.
Plenamente atrapada en esta trampa del
consumo está la burguesía española (y no sólo la burguesía). En ella se centra
el lúcido análisis sociológico que realiza Gil Calvo en su artículo “La
americanización de Madrid”, también aparecido recientemente en la web. El
fenómeno se da en toda España, pero ha sido en Madrid y Valencia donde los
líderes de Partido Popular han emprendido una más desenfrenada huida hacia
delante, hacia un crecimiento económico mastodóntico, pero que estimula la
actividad económica y puede proporcionar mayores posibilidades de consumo a la
población. Y la mayoría de los ciudadanos, adictos ya a la droga
del consumo, con el cerebro y la sensibilidad ética reblandecidos por la
ideología y el estilo de vida capitalista, les han seguido gustosamente hacia
un desarrollismo insensato.
Creo que Gil Calvo analiza muy bien las
circunstancias por las cuales la política del PP en Madrid y Valencia ha
resultado tan exitosa para este partido. Pero me parece que se excede al
exculpar a la izquierda de la derrota. Yo creo que, aparte del acierto de la estrategia
del PP, la izquierda tiene su fracaso bastante bien merecido. No se trata de
autoflagelarse de una forma masoquista, pero no se le puede echar toda la culpa
al árbitro. Si la izquierda no reconoce sus errores y asume sus
responsabilidades, difícilmente se podrá aspirar a un cambio de rumbo.
Hay una responsabilidad inmediata en el
funcionamiento de los aparatos de los partidos. ¿Con qué criterios eligieron a
los cabezas de lista del PSOE e Izquierda Unida? Si realmente en Madrid no hay
figuras más atractivas para representar las ideas de izquierda, mal lo estamos
haciendo. Y si las hay, como creo que realmente las hay, ¿cuáles son los
méritos que se tienen en cuenta para progresar en el escalafón de los partidos?
Parece claro que algo bastante turbio habría que aclarar en ese campo.
Pero además estoy convencido de que existe
también una responsabilidad remota. Una responsabilidad que tiene que ver con
el tema planteado por Galeano en su artículo, el poder del consumo. Hace ya
muchos años que Erich Fromm escribía: “El socialismo y el comunismo rápidamente
cambiaron de ser movimientos cuya meta era una nueva sociedad y un nuevo hombre
en movimientos cuyo ideal era ofrecer a todos una vida burguesa, una burguesía
universalizada para los hombres y las mujeres del futuro. Se suponía que lograr
riquezas y comodidades para todos se traduciría en una felicidad sin límites
para todos.” La izquierda intentó competir con el capitalismo entrando en su
propio terreno. No se dio cuanta de que al entrar ahí, ya había perdido.
Si queremos plantearnos un enfrentamiento
radical con el sistema capitalista, tenemos que ver como atacar su principal
fortaleza, el Imperio del consumo. Habría que atender mucho más al campo de la
realización humana y a modelos de bienestar distintos del propuesto por el
capitalismo. Podríamos empezar por una desobediencia civil. A veces
hablamos de promover una desobediencia civil en algún campo determinado, pero
la desobediencia civil más radical y efectiva sería la desobediencia al consumo.
No consumir lo que ellos quieren que consumamos, ni como quieren, ni donde
quieren que consumamos.
Y luego repensar la izquierda en esta
sociedad de consumo.
Antonio
Zugasti - Attac Madrid