Mi raza, mi nación, mi religión y mi equipo de fútbol… es el mejor de todos
Una de las cosas que estudia la Psicología Social es cómo la pertenencia a un grupo introduce sesgos en nuestra percepción del resto. Así quedan definidos los conceptos de endogrupo, el grupo al que pertenecemos, y el concepto de exogrupo, el grupo al que no pertenecemos, esto es, el resto.
Es el que nos invita a estar de acuerdo con las personas que forman parte de nuestro entorno más cercano, como nuestra oficina, o nuestro círculo de amigos. También lo podemos identificar cuando nos sentimos mas afines a aquellas personas que votan al mismo partido político que nosotros o animan al mismo equipo de fútbol.
Es el germen de muchas ‘fobias’ a los pertenecientes al exogrupo: racismo, xenofobia, homofobia, machismo…
Es muy fácil ver ejemplos de este sesgo allá por donde mires. Quizás el más popular sea el de que toda una nación se sienta orgullosa de los logros de un solo individuo, como un deportista cuando gana una medalla Olímpica o un actor que gana un Oscar. Y no sólo eso, al leer una entrevista en prensa, solemos empatizar con sus opiniones aunque en ella desarrollen ideas sobre la familia, la educación o la sociedad.
Este favoritismo endogrupal se denomina Paradigma del Grupo Mínimo y se pone en marcha a la mínima que se logra hacer que un individuo se etiquete como perteneciente a un grupo.
Te invito a que veas el este vídeo para comprobar por ojos propios la rapidez con que funciona este mecanismo favorecedor y descubras la facilidad con que iniciamos conductas discriminatorias. Se trata de un experimento que Jane Elliot, una profesora de un colegio de Iowa llevó a cabo en su aula.
Para controlarlo debemos aceptar que escuchar e intentar empatizar con opiniones ajenas a nuestro entorno conocido, nos hará crecer como personas y ampliará nuestros puntos de vista.